La Llorona argentina: historia, funciones y persistencia de un mito
Una exploración profunda de la figura de La Llorona en el territorio argentino: orígenes coloniales, variantes regionales, funciones sociales y su transformación en la era contemporánea.
Observamos la noche junto al río y la palabra “lloran” no es metáfora: es un sonido que sostiene una tradición. La Llorona entra en la conversación como una presencia que resiste, que cambia de forma pero no de propósito. En esta columna buscamos trazar un mapa: de dónde viene la figura, cómo se transformó en el territorio argentino, qué funciones sociales cumple y por qué sigue presente en el siglo XXI.
Un motivo panlatino con raíces coloniales
El motivo de la mujer que llora a orillas de un cauce aparece en múltiples tradiciones del continente. En documentos coloniales del siglo XVI ya hay referencias a relatos de mujeres que deambulan cerca de ríos y lagunas —relatos recogidos por cronistas y por archivos de indias—, lo que marca una antigüedad mínima en la transmisión del motivo desde la llegada europea a América (primer contacto documentado: 1516, expedición de Juan Díaz de Solís) (Britannica: Juan Díaz de Solís). Desde entonces han pasado más de 500 años: la cifra no es una metáfora temporal, es la distancia que separa las primeras crónicas escritas de las versiones que todavía escuchamos en pueblos y ciudades (recuento histórico desde 1516) (Britannica: Juan Díaz de Solís).
En América las figuras femeninas vinculadas al agua se entrecruzan con mitos indígenas (como fuerzas acuáticas o almas penadas) y con arquetipos importados desde Europa. Esa hibridación explica la multiplicidad de variantes: en México La Malinche y La Llorona confluyen en algunos relatos; en el sur del continente la figura adquiere rasgos ligados al abandono rural y a la frontera interior. Lo que se repite es un esquema narrativo básico: mujer que perdió a sus hijos, lamentación nocturna y advertencia para los vivos.
La Llorona en el mapa argentino: variantes regionales
Argentina no es una sola escena cultural: tenemos 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con geografías y memorias distintas (Gobierno de la Nación Argentina). Esa diversidad explica variantes locales. En la Mesopotamia (Entre Ríos, Corrientes) La Llorona se sitúa en islas y arroyos; en la Pampa aparece en caminos rurales y bañados; en la Patagonia su presencia se asocia a lagunas y estancias aisladas.
Las versiones difieren en detalles concretos: a veces la mujer ahogó a sus hijos por venganza, otras por locura, otras por castigo social. En algunos relatos la figura es antigua, vestida de blanco raído; en otros aparece más contemporánea, con ropa de ciudad y llorando en una rotonda o en la costa de un río urbano. Esos detalles marcan la adaptación del mito al espacio: la figura se traslada del borde del poblado a la periferia urbana cuando la periferia se expande.
Funciones sociales del mito
No contamos el mito por su belleza literaria solamente. Lo registramos porque cumple funciones prácticas: regula el comportamiento infantil (los padres advierten a los niños: “no te acerques al río, viene la Llorona”), nombra el duelo y la pérdida en sociedades con deudas históricas de cuidado, y pone una frontera moral entre el orden y el peligro nocturno.
La Llorona funciona como mecanismo de control social pero también como espacio de negociación: en contextos de violencia doméstica, el mito puede convertirse en una forma indirecta de hablar de madres abandonadas, infanticidio y estigma. En sociedades con movilidad interna —por ejemplo, procesos migratorios rurales hacia la ciudad—, La Llorona reaparece con frecuencia en los márgenes urbanos como figura que problematiza la ruptura de lazos comunitarios.
Género, violencia y memoria
No podemos separar la persistencia del mito de las relaciones de género. Observamos que La Llorona es casi siempre una mujer: su llanto nombra la falla en el rol de madre —o la subversión de ese rol— y la comunidad la castiga simbólicamente a través del relato. Eso hace que el mito sea un registro sobre cómo se gestionan la culpa y la transgresión femenina.
Al mismo tiempo, el mito actúa como un lugar de memoria para pérdidas no resueltas: desapariciones, muertes en migraciones internas, tragedias en balsas o cruces de ríos. Si se escucha La Llorona en una ciudad ribereña contemporánea, muchas veces el sonido evoca no sólo una historia privada, sino también políticas públicas ausentes: falta de refugios, negligencia médica, fronteras invisibles entre centros y periferias.
La transformación en la era contemporánea
Desde fines del siglo XX y en el siglo XXI la figura de La Llorona salió de lo estrictamente oral y entró en medios masivos: cine, literatura, televisión y redes. Esa circulación cambia su función. En la pantalla, La Llorona puede convertirse en icono de horror o en metáfora política. En el relato oral, suele permanecer como advertencia o consuelo.
La transición del relato al medio masivo implica dos efectos contrapuestos. Por un lado, universaliza la figura: un film o una canción pueden llevar la imagen de La Llorona a audiencias urbanas que ya no se ven confrontadas al río. Por otro, empobrece el detalle local: la versión mediática tiende a homogenizar rasgos para gustar a audiencias amplias. Observamos ambas dinámicas: una expansión de la imagen y una pérdida de matices.
Evidencia y datos: por qué importa cuantificar
No somos historiadores sólo de palabras: también necesitamos números para situar el mito. Tres datos breves y verificables ayudan a entender el contexto en que La Llorona opera:
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Argentina está organizada territorialmente en 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lo que implica una variedad de geografías y memorias locales donde el mito circula (Gobierno de la Nación Argentina).
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El primer contacto europeo documentado en la región del Río de la Plata data de 1516 (expedición de Juan Díaz de Solís), lo que sitúa la documentalidad colonial en el siglo XVI y una antigüedad documental de más de 500 años desde ese primer registro (Britannica: Juan Díaz de Solís).
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La migración interna argentina creció de forma sostenida durante el siglo XX, alterando los vínculos rurales-urbanos y creando nuevas periferias donde mitos como La Llorona se readaptan (fuentes sobre migración interna: publicaciones del Ministerio de Desarrollo Social y estudios académicos sobre movilidad interna). Si se compara la distribución poblacional rural vs. urbana de principios del siglo XX con la actual, se observa un desplazamiento masivo hacia los centros urbanos, lo que cambia escenarios tradicionales de transmisión oral (comparación temporal: siglo XX vs. siglo XXI, informes estadísticos históricos y contemporáneos).
Si falta precisión en una cifra puntual, lo señalamos: no existe un “censo de leyendas” nacional. Lo que sí hay son parcelas de evidencia: archivos, grabaciones, trabajos etnográficos y relatos orales que, tomados juntos, permiten reconstruir la circulación del motivo.
Métodos para estudiar La Llorona
Abordar La Llorona exige métodos mixtos. La etnografía sigue siendo central: entrevistas, recolección de versiones orales y recorridas nocturnas en territorios ribereños nos dan el detalle sensible que hace verosímil el relato. Complementariamente, los archivos coloniales permiten rastrear topoi recurrentes; el análisis de medios contemporáneos (cine, TV, plataformas digitales) muestra las trayectorias de estandarización.
Observamos, además, que el cruce con estudios de género, estudios sobre violencia y memoria colectiva enriquece la interpretación. Un estudio que ignore la dimensión de género corre el riesgo de estetizar la figura y perder la función social que cumple.
Casos y escenas: tres ejemplos ilustrativos
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Un pueblo entrerriano a la vera del Paraná: la versión local sitúa a La Llorona en una isla que se inunda en verano. Los miedos están ligados al río desbordado y a la precariedad de los botes. El relato actúa como aviso para los chicos que juegan en la orilla.
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Un barrio periférico de Rosario: la figura aparece en una cuadra donde hubo una tragedia familiar. La historia circula entre vecinas y sirve para nombrar una pérdida que no tuvo entierro público.
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Una película reciente que reinterpreta La Llorona como alegoría de una política de estado. En la pantalla, la figura se vuelve un emblema de la memoria histórica: ya no sólo asusta, también interpela.
Cada escena muestra un aspecto distinto: peligro físico, duelo privado y uso político de la memoria. La heterogeneidad es la norma.
¿Por qué sigue viva la Llorona? Tres razones
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Flexibilidad simbólica: La Llorona se pliega a contextos nuevos sin renunciar a su núcleo narrativo. Esa plasticidad permite su persistencia.
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Carencia institucional: en lugares donde faltan respuestas públicas a la violencia y al abandono, el mito ocupa un hueco para nombrar lo que no se nombra institucionalmente.
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Economías de la emoción: el llanto tiene poder performativo; al nombrar la pérdida en voz alta, las comunidades procesan el dolor y transmiten lecciones.
Dónde está lo no dicho: preguntas abiertas
El relato deja zonas de sombra. ¿Qué ocurre cuando la Llorona pasa de advertencia a acusación? ¿Quién se beneficia de mantener la figura como castigo moral? ¿Qué pasa cuando el mito se convierte en mercancía cultural y se desprende de su contexto social?
Esas preguntas no merecen explicaciones cerradas. La respuesta posible es plural: la Llorona es, a la vez, señal de angustia privada y espejo de falencias colectivas.
Conclusión: el precio de olvidar
La Llorona nos obliga a mirar lo que preferimos no ver: pérdidas sin reparación, cuerpos marginados, vínculos rotos por la movilidad y la violencia. Observamos que cuando una comunidad deja de contar su versión del mito, no desaparece la figura: cambia de lugar. Pasa de la boca de las vecinas al archivo, de la orilla al videoclip, de la advertencia nocturna al tópico de la pantalla.
Para mantener la riqueza del motivo necesitamos dos cosas: documentación rigurosa y escucha atenta. Documentar sin estetizar; escuchar sin reducir. Esa es la única manera de que La Llorona siga enseñando algo más que miedo.
Fuentes y lecturas recomendadas (selección): documentos coloniales y crónicas de Indias; trabajos etnográficos sobre folclore ribereño; publicaciones oficiales sobre organización territorial de Argentina (Gobierno de la Nación Argentina) y referencias históricas sobre el primer contacto europeo (Britannica: Juan Díaz de Solís). Donde se requiera una cifra precisa que no esté disponible en estas referencias, lo indicamos explícitamente en el texto.
Observamos la noche y escuchamos: La Llorona no es solo un relato, es un registro de lo que las comunidades no siempre pueden decir de otra manera.